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| LA Crisis EN LA ÓPTICA DE LOS MEDIOS |
El mundo vive su peor sacudida económica desde hace décadas. Cada día estallan las comparaciones con la de 1987, con la de 1981-82, la fiebre del petróleo de 1973 o hasta la Gran Depresión de los años 30. Pero fuera de dimensionarla correctamente, cosa harto difícil porque aún seguimos sin saber si se alcanzó el piso o todavía falta caer algunos escalones más, lo novedoso es que para el conglomerado de la industria de la información, la coyuntura empalma con tendencias universales que a veces hasta potencian la caída y en otras disimulan el efecto real. En medios que están más sensibilizados a la publicidad, la señal de alerta se encendió aún antes de las grandes debacles de Wall Street. En líneas generales, la inversión publicitaria es anticipatoria de los ciclos económicos y como una polea, potencia sus efectos. La televisión abierta, la radio, las publicaciones gratuitas y las revistas de alta gama son, tradicionalmente, presas de esta ley de hierro. Caída en los ingresos publicitarios, disminución dramática de los márgenes de rentabilidad, primero y aparición de cuentas en rojo, después. A esto le siguen ajustes en la cantidad de páginas, la cantidad y calidad de la programación, renegociación de derechos y contratos y, finalmente, la opción entre ir al hueso (desafectación de personal) o cerrar. Las secuencias pueden alterarse según sea la naturaleza del medio o la valoración que los directivos otorguen a cada eslabón, pero no es más que una fotografía de lo que viene sucediendo en la industria. La diferencia es que otras crisis sectoriales, o hasta alguna coyuntural, eran vistas por los medios con la distancia que muchas veces quieren poner al relato económico: mostrar efectos, indagar en las causas, graficar tendencias y dar testimonios de las partes involucradas. Pero esta vez, la sensación de estar narrando el terremoto desde su epicentro mismo, aparece una y otra vez. En los primeros días de la crisis en los Estados Unidos, la narración tenía un villano, George Bush a punto de irse de escena para siempre y un héroe, Barack Obama, que salvaría la economía del desastre iniciado por las hipotecas subprime. La épica encontraba correlato en las maratónicas jornadas del Congreso para aprobar paquetes de ayuda, primero, y luego del recambio presidencial, en las políticas activas para intentar reanimar al moribundo financiero. Pero cada semana se fue confirmando que la caída iba más allá de un episodio aislado y que la recesión amenazaba en transformarse en depresión. Entonces, lo que se contaba empezaba a ser la propia derrota. Recientemente The New York Times publicó un mapa de los Estados Unidos con las zonas “calientes” no del delito sino del riesgo de bancarrota de los distintos diarios de ese país. El listado es extenso y es difícil no ligar esta epidemia de rojos en los balances con la crisis económica. Y allí el clic. El cambio no tiene una sola explicación pero van de la mano. La audiencia ya no se conforma con conocer historias novedosas sobre el corralito en Islandia, lo que pierde Detroit por día o el agujero negro dejado por Madoff en los grandes bancos internacionales. En medio de un ambiente pesimista, quiere señales de esperanza. Y los medios quieren darlas más que nunca: esta vez no les interesa empujar su propio carro hacia el abismo. El desafío es mayúsculo: ¿cómo dar optimismo en medio de esta crisis? La solución está notándose de a poco. El País, de Madrid, eligió a los innovadores tecnológicos para compensar lo que unas páginas antes, informa sobre la peor caída en la actividad y el empleo en España desde 1992. La CNN amplió su conocido espacio destinado a los emprendedores económicos y sociales y, sin anestesia, creó minibloques de “En busca de la recuperación” que no habla de planes oficiales sino de actitudes personales y grupales para enfrentar el desafío de la recesión generalizada. Y en la Argentina el efecto se multiplicó. La memoria colectiva intenta una y otra vez comparar con la megacrisis del 2001-2002 y la sensación de estar relatando, nuevamente, su propia muerte, lleva a los medios en dos direcciones contrapuestas en apariencia pero congruentes en lo sustancial. Por un lado, intentan quitar el velo, INDEC y otras alquimias discursivas mediante, que la economía marcha como un tren y que todo lo que pasa es “culpa” del forajido capitalismo globalizado. Estadísticas sectoriales, negociaciones en ministerios todo cuenta para mostrar que lo que pasa es mucho más serio. Pero por el otro, también surgió la necesidad de caminar al borde del abismo sin caerse: la crisis es un dato, para los argentinos es historia reciente y dolorosa. Por lo tanto no hay que utilizar eufemismos. El esbozo, por ahora, quedó en eso: hacer omnipresente la crisis en todo el relato de las cuestiones económicas. Se avizora el segundo: encontrar actitudes “positivas” que hagan recordar el espíritu emprendedor y solidario alentado por la tormenta post-convertibilidad. En definitiva, es buscar un nuevo contacto con el público, es redescubrir que está al principio pero también al final de la cadena de valor de la información. Y esta sola enseñanza ya da otro sentido a la crisis. |
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